lunes, 15 de febrero de 2010

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS


YA LA HE VISTO

Un lugar para la imaginación y la ternura.

Donde viven los monstruos (Where the wild things are), Spike Jonze

De acuerdo. Como suele pasar, no he leído el libro (1963) de Maurice Sendak. Y según parece, debe ser uno de los indispensables. Me lo apunto en la lista de los must.


Aun así me metí en una pequeña sala de Madrid para ver esta película en V.O. dirigida por Spike Jonze y producida, entre otros, por Tom Hanks. El señor Jonze ya era infinitamente idolatrado por muchos debido a sus sugerentes videoclips musicales y anuncios de TV, incluso antes de dirigir la afamada ‘Cómo ser John Malkovich’ (Being John Malkovich; 1999). Cuando Spike aún era conocido como Adam, su madre le leía este clásico de la literatura infantil anglosajona. Gracias a Dios, o a alguien, ha podido cumplir su sueño de adaptarlo a la gran pantalla, y de qué afortunada manera.


Donde viven los monstruos cuenta una fracción de la vida de un niño con una gran imaginación, desplazado e incomprendido, en una situación familiar difícil. Max (Max Records) tiene a veces reacciones irracionales y violentas que su madre no acaba de comprender del todo. En una de ellas huye, acabando en una isla habitada por un grupo de monstruos tan irracionales y salvajes como él. Ellos necesitan alguien que les lidere y él un grupo/familia que le acoja; un reino por el que campar, un escape de un mundo real que no le comprende. En este lugar el tiempo y las cosas suceden de forma mágica, onírica. Los paisajes y los monstruos sencillamente atrapan tu retina. Un dominante tono ocre, cálido, reina sobre casi todo el metraje y las canciones salpican determinadas y escogidas escenas en las que no sólo acompañan como telón de fondo, sino que, incluso, toman su protagonismo.

Una nota para los monstruos. Recuerdan aquel Barrio Sésamo? Fraguel Rock? y otros productos más ‘adultos’ como Dentro del laberinto (Laberithm 1986) o Cristal Oscuro (Dark Crystal 1982)? Muchos ya habrán asociado todos ellos con un nombre: Jim Henson. En tiempos en el que el cine apesta a efectos digitales innecesarios y muchas veces empalagosos. Es de agradecer encontrarse a cineastas que prefieran los viejos trucos de cámara, perspectivas trucadas, cortar y pegar, pintar, o permitir q a los bichos se les note la costura (Burton o Gondry por ejemplo). Bebiendo de estas fuentes y de su infancia Jonze contrató los servicios de la Jim Henson’s Creatures Shop para la recreación de los monstruosos personajes de su film. Este gran acierto les dota con un extra de enorme humanidad y encanto.

No hay moralismos explícitos ni moralejas recitadas. El niño toma por si mismo la decisión de volver al hogar. Nadie nos ha de explicar porqué lo hace. Cada cual lo entenderá de maneras distintas pero aproximadas. Conclusiones aparte estamos ante una película repleta de emotivas escenas, preciosa fotografía, fantásticos lugares, una buena interpretación por parte de Max Records, una sorprendente banda sonora, y unos monstruos adorables. Porque, aunque todos llevemos monstruos dentro, siempre hay un corazón que nos mueve.



Oskar Callejo

REFERENCIAS:

The Pharcyde - Drop ; Anuncio para Adidas ; Fatboy Slim - Weapon Of Choice (Esto sí que es tener amigos, con Christopher Walken bailando.)

Imágenes de la peli con música de Karen O. & the Kids (en plan marujeo, es la cantante de los Yeah Yeah Yeahs, y actual pareja sentimental del director. Le ha puesto la banda sonora al film)

miércoles, 10 de febrero de 2010

Malditos Bastardos

Malditos Bastardos
“Inglourious basterds”



Universal Pictures
The Weinstein Company
Lawrence Bender Productions
Neunte Babelsberg Film

2009/153 minutos/USA-ALEMANIA
http://www.malditosbastardos.es

Reparto: Brad Pitt, Diane Kruger, Christoph Waltz, Daniel Brühl, Mélanie Laurent, Eli Roth, Michael Fassbender, Samm Levine, B.J. Novak, Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Paul Rust, Michael Bacall, Omar Doom, Sylvester Groth, Julie Dreyfus, Jacky Ido, August Diehl, Martin Wuttke, Richard Sammel, Christian Berkel, Sönke Möhring, Mike Myers, Rod Taylor, Denis Menochet, Cloris Leachman, Enzo G. Castellari
Fotografía: Robert Richardson
Música: Ennio Morricone, Charles Bernstein, Dimitri Tiomkin, Billy Preston, Gianni Ferrio, Lalo Schifrin y otros…
Guión: Quentin Tarantino
Dirección: Quentin Tarantino



“Hice un montón de investigación cuando empecé a escribir, pero luego eso comenzó a bloquearme, porque encontraba demasiada información, e intentaba trasladarla a mi historia. Quería enseñar al mundo todo lo que yo había aprendido... y me llevó un tiempo quitarme esa idea de la cabeza. Pero en lo que se refiere a esta historia en concreto, todo lo que necesitaba era comprender los porqués de los personajes y cómo se vivía en Francia durante la ocupación. Eso es todo lo que necesitaba saber, la estructura de la vida cotidiana en aquella época y cómo cambiaron las cosas desde 1941 hasta 1944. Ya había visto un montón de cine alemán y de la propaganda nazi, aunque también es cierto que aprendí muchas otras cosas. Leí los diarios de Goebbles y mil cosas más. Aprendí tanto para poder hablar de ello con conocimiento de causa. Pero en lo que se refiere a la escritura de la película, no me apetecía volver a hacer otra investigación tan exhaustiva, eso hubiera parado mi proceso creativo. Si lees el guión, lo que lees es mi imaginación. Eso es lo que quería hacer, no quería cambiar la forma en la que trabajo habitualmente sólo porque la película estuviese ambientada en el pasado. Así que la historia parte de la realidad, pero la he rehecho a mi manera. Cuando terminé el guión, la mitad del tiempo sólo pensaba en si habría acertado con los hechos, quiero decir en si realmente se sentía así el toque de queda cuando París estaba ocupado y ese tipo de cosas.”

Quentin Tarantino



Y a la séptima patinó. Sí amigos, después de seis grandes obras, seis, Tarantino la pifió. Porque “Malditos Bastardos” (que ahora se estrena en DVD) es una película fallida o, cuando menos, menor en su filmografía. Comparada con él mismo, claro, que es mucho comparar… Naturalmente, no ocurre nada por este hecho. Nadie es perfecto, ni siquiera nuestro querido y admirado “enfant terrible” americano. Quentin Tarantino es un grande, de eso ya no hay duda, y lo es (también) porque es capaz de rodar y firmar una errática obra deslavazada y admirable como ésta y que le salga regular, tirando a mal. Se ha dicho que el inolvidable autor de “Pulp Fiction” es un creador multireferencial, pero que sobre todo es hijo de todas las series de cine que van desde la B hasta la Z. Y es cierto. Pero también (y sobre todas las cosas) lo es de la serie A, amigos. Y ese es el problema irresoluble de “Malditos Bastardos”: que su serie A son Sergio Leone, Robert Aldrich o Sam Peckimpah. Y eso es mucho toro.

Varios son los factores que juegan en contra de ésta, por otro lado, entretenida (que una cosa no quita la otra) revisión en clave pop sobre la segunda guerra mundial. La primera de ellas es la poquísima presencia de los desdibujados Bastardos del título en el desarrollo de la historia. Y es que, en ocasiones, parecen más bien invitados molestos que protagonistas. Y no me refiero precisamente al tiempo que aparecen en pantalla, que es más bien escaso, si no a su relevancia auténtica, real, en lo que se nos cuenta. Echamos de menos un mayor desarrollo de sus perfiles, de su búsqueda y reclutamiento por parte del Apache, y de su historia personal. Falta el mimo en los detalles de su relación y sus motivaciones de, pongamos por caso, “Doce del patíbulo” (1967), de la que el amigo Quentin bebe, y mucho, o “Los siete magníficos” (1960). Y, desde luego, nos hubiera encantado verles en acción de verdad: asaltando patrullas, desollando nazis (más), robando trenes de suministros, destruyendo puentes, sublimando esa guerra de guerrillas que se nos dice (porque no se ve) hacen con tanta maestría y mala uva… No sé si será por una cuestión de exceso de metraje, pero yo tengo la sensación permanente de que me han birlado información vital. Y no solo en lo relativo a los secuaces del macarrónico jefe (magnífico Brad Pitt) o a él mismo, sino también en la historia mejor elaborada y más consistente del film, la del nazi-estrella-héroe nacional enamorado (Daniel Brühl) y la judía vengadora (sorprendente y turbadora Mélanie Laurent). Tengo la impresión de que Tarantino se queda a medio camino en todas sus propuestas, dejándonos sin querer con la miel en los labios. Por lo que cuentan, hubo diversos problemas a la hora de enlazar convenientemente todo el material filmado, así que podemos presumir (me da en la nariz) que se hicieron tal lío en la sala de montaje, que terminaron por perder el hilo de lo que querían contar. Quedan, eso sí, muchos detalles que tampoco conviene menospreciar de gran, gran cine: el uso maravilloso de los acentos y los idiomas, asentado en un trabajo actoral de primera, y que compensa con una necesaria cuota de hiperrealismo el desequilibrio generado por la desmedida gamberra (y divertida) de su tono de comic; los siempre inspirados diálogos marca de la casa; la música (que no las canciones, que por una vez no me pegan ni con cola); y el aprovechamiento (espectacular) del formato panorámico con el encuadre, y una factura técnica irreprochables. Pero, y sobre todo, quedan dos secuencias absolutamente memorables, que permiten intuir con cierta nostalgia la sensacional película que nos hemos perdido. Estoy hablando, naturalmente, del arranque y de la escena en el bar. Ese primer capítulo es un manual de planificación escénica, de progresiva tensión, bordado por dos actores en estado de gracia y con una cámara que ocupa con maestría todos los rincones posibles de la cabaña, para transmitir la emoción más adecuada a cada momento. Debería enseñarse desde ya en las escuelas de cine, amigos. El juego de sugerencias que Tarantino teje con los idiomas; las miradas y metáforas del “caza-judíos” (más que premiable Waltz); la intuición primero, constatación después, que tenemos, de que allí hay personas escondidas; la sutileza de la expresión del miedo, oculto en la mirada del campesino… El gran gordo (si, el amigo Hitch, aquel que se pirraba por las rubias para luego torturarlas en los rodajes) explicaba una vez en una entrevista su idea acerca de los mecanismos de la tensión cinematográfica en el espectador. Decía que, si mostramos en pantalla a un hombre sentado tras una mesa de oficina con un plano fijo, y de repente, sin previo aviso, ésta vuela por los aires por efecto de una explosión, conseguiremos un efecto impactante de sorpresa, un ¡oh! enorme y espectacular en la platea… Ahora bien, si, por el contrario, mostramos a ese mismo hombre sentado tras la misma mesa de la misma oficina, y acercamos la cámara hasta ver que, por debajo, hay una bomba atada a la madera con un reloj temporizador que el sujeto desconoce por completo, lograremos que la escena siguiente, en la que el hombre llama por teléfono, charla del tiempo con su secretaria o pide una pizza, sea insoportablemente tensa y mantenida (y progresiva) para el espectador. >Creciente en el suspense con el paso de cada segundo del reloj. Pues esa máxima cabe aplicarla al capítulo primero de “Malditos Bastardos”, que se remata además anticipando (me juego mi maldita colección de westerns al completo a que con toda la intención) la historia de venganza posterior, al clavar el famosísimo plano en sombra desde el interior de la cabaña del inicio de “Centauros del desierto” (1956). No olvidemos que el rotundo clásico de John Ford es también el relato de una tremebunda venganza, con lo que se inicia un juego de espejos que abarca todas las ramificaciones que se quieran a lo largo y ancho del film de Tarantino. Que no decir del cadencioso desarrollo (que algunos han tildado de lento, pero que a mí me parece hipnótico y preciso como un jodido reloj suizo, oigan) desencadenante de la brutal secuencia de la Taberna francesa. La mezcla del juego intelectual (la historia del negro en América para referirse a King Kong…); la naturalidad verosímil que destilan esos soldados, celebrando el nacimiento del hijo de uno de ellos; el alcohol; la nada previsible suspicacia resabida, nacida del cruce de egos con el oficial; la simple fatalidad, o los sublimes diálogos, aparentemente intrascendentes (una vez más matizados con el detalle imprescindible de los acentos), y que desmantelan por su complejidad las críticas que ha recibido el film acerca de la supuesta simplicidad maniquea de la lucha entre nazis y aliados… forman un tapiz de elementos que va sobrecargando la atmósfera de tensión hasta que estalla la inevitable violencia. Por cierto, otra situación límite que se cierra con una negociación frustrada, de las que tantas hay a lo largo de la película. Pero estas dos maravillas, paradójicamente, condenan en parte la narración, porque abren expectativas que el desarrollo posterior no consigue alcanzar ni de lejos. Todo el metraje pasa, cojo y tuerto, esperando ese gran momento que parece estar anunciándose pero que no termina de llegar nunca. Esa permanente frustración funciona como un retardo, como una disfunción que a muchos de los espectadores termina por desubicar y aburrir. Tampoco esta vez le funciona la desfragmentación de la historia en capítulos, tan marca de la casa, que lo único que consigue es aumentar la sensación de distanciamiento. La elipsis es un recurso imprescindible del cine, pero aquí son tan enormes, que se convierten en agujeros negros que te sacan completamente de contexto… Por otro lado, es curioso (y un placer) comprobar como, en un director que ha sido calificado desde siempre (tanto para darle cera, como para pulirle cera) como posmoderno, irreverente, e hijo bastardo de la cultura pop, vayamos a destacar como lo mejor de su película dos escenas de regusto inequívocamente clásico. Pero así es.

Lamentablemente, y a pesar de sus grandes momentos e indiscutibles logros, “Malditos Bastardos” naufraga con un final atropellado, absurdo e inverosímil, con lo que deja un sabor de boca demasiado tibio. Y es que, con la de cosas que se nos han birlado por el camino, pretender que nos traguemos sin guarnición el cambio repentino del personaje de Hans Landa, o el ridículo (casi nulo) operativo de seguridad desplegado en el cine (trufado, recordemos, de la plana mayor del tercer Reich, ni más ni menos), es pasarse de listo, de inocente, o de ambas. Queda el disfrute de algunas imágenes indelebles, como ese hermoso primer plano de Melanie Laurent en la pantalla de su cine, descargando su serena pero implacable venganza contra los nazis; o el simbolismo preclaro del celuloide (o del arte) como arma con la que sacudir papanatismos y extremismos… Pero también la tristeza de saber, los que (como un servidor) seguimos con fervor la obra de uno de los más grandes exponentes del cine contemporáneo, que bajo la estimable y entretenida película que hemos podido ver… se esconde una obra maestra que jamás veremos. Porque hubiera hecho falta el Sergio Leone de la sublime “Hasta que llegó su hora” (1968) o de “Erase una vez en América” (1984) para dotar de una mayor grandeza a ésta “Malditos bastardos”.
Y nuestro querido Quentin es grande, quizá enorme, pero no un maestro. Aún.

P.D.T.: Por cierto, nada de todo esto sirve si no ven la película en versión original.
Nunca estuvo más justificada que en ésta ocasión la condena absoluta al doblaje…

Javier Cuevas

La cinta blanca

La cinta blanca
“Das weisse Band - Eine deutsche Kindergeschichte”



Les Films du Losange
Wega Film
X-Filme Creative Pool

2009/145 minutos/AUSTRIA-ALEMANIA
http://dasweisseband.x-verleih.de/

Reparto: Susanne Lothar, Ulrich Tukur, Burghart Klaußner, Josef Bierbichler, Marisa Growaldt, Steffi Kühnert, Michael Schenk, Janina Fautz, Michael Kranz, Jadea Mercedes Diaz, Theo Trebs
Fotografía: Christian Berger (B&W)
Música: Varios
Guión: Michael Haneke
Dirección: Michael Haneke



“Hacía más de diez años que trabajaba en el proyecto. Mi principal objetivo era presentar a un grupo de niños a los que se inculcan valores considerados como absolutos, y cómo los interiorizan. Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo. También había pensado en otro título para la película, La mano derecha de Dios, ya que los niños aplican al pie de la letra los ideales y castigan a aquellos que no los respetan al cien por cien. Por otra parte, la película no habla solo del fascismo, sería una interpretación demasiado fácil al transcurrir la historia en Alemania, sino del modelo y del problema universal del ideal pervertido. (…) No hay nada que explicar. Mi principio siempre ha sido hacer preguntas, presentar situaciones muy precisas y contar una historia para que el espectador pueda buscar las respuestas por sí solo. En mi opinión, lo contrario es contraproducente. Los espectadores no son compañeros de trabajo del director. Me esfuerzo mucho para obtener este resultado. Me parece que el arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas que siempre me parecen sospechosas, incluso peligrosas.”

Michael Haneke



Semilla de maldad
Una película de dos horas y media, en blanco y negro, calificada de autor, sin efectos especiales, llevada al ritmo cadencioso de una pieza de música clásica lánguida, triste, seria y refinada… tiene todas las papeletas para darse la hostia padre en la taquilla. Pero no. He aquí que “La cinta blanca” (que es todas éstas cosas y muchas más) está teniendo un considerable éxito de recaudación, que haría palidecer al productor americano más recalcitrante, y bien que nos alegramos. Porque siempre es motivo de celebración (una suerte de justicia poética), no me lo negarán, ver como una obra arriesgada y con algo que contar mete el morro entre multipublicitados “tres-des” y gaitas ruidosas varias. Que “no es cine todo lo que reluce”, como leía hace poco en alguna web…



Bueno, vayamos por partes. Lo primero que llama la atención de la propuesta de Haneke es su fachada visual. Rodada en un imponente blanco y negro, el maestro alemán convierte cada plano en un cuadro recio, solemne, y en el que no sobra absolutamente nada. La puesta en escena, tan estudiada y medida como austera, es una fiesta (sin una sola risa) de la sugerencia. Mezcla una y otra vez el travelling invisible con los planos fijos, de cemento armado, que transmiten los sentimientos contenidos (reprimidos) de cada uno de los niños (y adultos) con una naturalidad aparentemente fría y distante, pero que va calando como una manta mojada, y que le dejan a uno literalmente atado a la butaca. La narración está orquestada en una sucesión de abundantes planos-secuencia, no demasiado largos, que se rematan con algunos sutiles fuera de campo. Secuencias como toda la terrible liturgia del castigo a los hijos del Pastor (ese travelling por el pasillo hasta la puerta que se cierra), o el descubrimiento del cuerpo del padre campesino por parte de su hijo en el establo, son claros ejemplos de ésta concisión narrativa. Hay que decir que ésta factura formal, alejada de cualquier acento puramente estético, no es, en absoluto, simplista, sino más bien un ejercicio de virtuosismo callado, nada ostentoso pero igualmente brillante al de otros directores con el ombligo y la chequera de mayor tamaño. La matizada fotografía en blanco y negro permite el juego de contrastes que subyace entre el paisaje exterior, con esa nieve tan blanca que cubre el pueblo como un velo que ha de recordar a sus habitantes la supuesta pureza e inocencia de su sociedad (el mismo efecto espejo, de mascarada, que supone la cinta blanca que han de portar los niños), y en el que se incluyen los trajes y modales refinados e inmaculados de los representantes de la alta sociedad… Y los ajados rostros de los personajes, que, estos sí, dicen la verdad. Ya sean estos jóvenes o viejos, sus miradas, sus arrugas, o cualquier rasgo definido en sus caras, actúa sobre el espectador como ventana abierta, como abismo por el que asomarse a las auténticas emociones, dolores, o miedos, que atrapan a los habitantes del pueblo. Todo el mundo, incluido ese profesor que parece ideológicamente más libre (y por eso más solo), permanece encerrado su propia jaula de inevitable sumisión, bien sea por la posición social, el status económico, la jerarquía familiar, la tradición, o la educación religiosa. Todos excepto uno: el niño discapacitado. Él es, si se fijan, el único al que se le permite jugar y reír libremente. Como si no contara. Para todos los demás no está permitido.


Una cosa es clara: Haneke tiene una opinión, pero es evidente que no pretende enjaretarnos un discurso panfletario anti-fascista. Su película no es, en éste sentido, doctrinal, ni queda tampoco claro que el propio director se identifique realmente con uno solo de sus personajes. Yo diría que se reparte en detalles concretos de cada uno de ellos. Creo que lo que sí pretende es cuestionar el poder/daño que va ligado a un determinado modelo de educación jerarquizada, basado en la represión de los sentimientos y en la interiorización del uso del dolor (castigo) como mal necesario para purgar el ideal cristiano de la culpa. Culpa que surge irremediablemente del absolutismo, claro. Porque si una idea no es presentada, transmitida o vivida como una verdad absoluta… tampoco puede nada, ni nadie, contravenirla. Y entonces se pierde la claridad de sus referentes. Por eso se radicaliza, porque si no tenemos un ideal absoluto de pureza y de bien, no tenemos un contrario al que castigar y condenar. Y eso conllevaría la pérdida de control social sobre nuestros semejantes.


Como todos sabemos -viene a decirnos-, los niños son esponja y espejo. Aprenden por asimilación. No estudian, sino que respiran, la sociedad en la que crecen. Asi, el conjunto de pautas represivas asociado a ésta educación que reciben, acaba desarrollándose según sus propias normas. Evoluciona o involuciona (lo mismo da) con el aprendizaje y el discurrir vital y social de cada generación, fabricando claves e ideologías absolutistas nuevas que pueden tener (o no) que ver con las que guiaron antes a sus padres. En el contexto concreto en que la película se presenta -los albores de la primera guerra mundial-, no puede ignorarse la evidencia del inequívoco germen del posterior fascismo. Aunque es cierto que las preguntas que Haneke plantea son intemporales, no exclusivas del nacimiento de la Alemania Nazi, y pueden extrapolarse a cualquier otro tipo de sociedad y contexto histórico o ideológico, ya sea éste político, económico, o de cualquier otra índole.


Tampoco quiero engañar a nadie: “La cinta blanca” es una gran película pero es difícil, seca como una lija, compleja y pausada, casi contemplativa, y no es para todos los gustos. No es imprescindible (aunque ayuda) conocer el trabajo anterior de su director para saber lo que uno se va a encontrar. Porque si no se está familiarizado con un tipo de cine que obliga a pensar y a preguntarse, e incluso a dudar sobre lo que está viendo (esto no es sota, caballo y rey, amigos); a mirar más allá, detrás de las imágenes y de las palabras y de los silencios… es mejor no entrar en la sala. Así de claro. A mí me entusiasmó, pero hay que decir también que el cine estaba sorprendentemente abarrotado, y la gran mayoría del público salía cabreado, aburrido, indignado, o todas éstas cosas juntas.


Posiblemente -y esto es solamente mi humilde opinión-, estemos ante una obra maestra imperecedera del cine europeo, que el tiempo deberá juzgar y poner en el lugar que le corresponda… Pero yo que ustedes me preguntaría seriamente acerca de lo que esperan encontrarse en la oscuridad de una sala de cine, antes de sentarse en una butaca pagada (y no es barato, precisamente) para ver un pase de “La cinta blanca”. Avisados quedan.

martes, 9 de febrero de 2010

En tierra hostil




En tierra hostil
“The Hurt Locker”

Summit Entertainment
First Light Production
Kingsgate Films

2008/125 minutos/USA
http://thehurtlocker-movie.com/

Reparto: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Guy Pearce, Ralph Fiennes, David Morse, Evangeline Lilly, Christian Camargo, Suhail Aldabbach, Christopher Sayegh, Nabil Koni, Sam Spruell, Sam Redford, Feisal Sadoun, Barrie Rice, Imad Dadudi, Erin Gann, Justin Campbell, Malcolm Barrett, Kristoffer Ryan Winters, J.J. Kandel, Ryan Tramont, Michael Desante, Hasan Darwish, Wasfi Amour, Nibras Quassem, Ben Thomas, Nader Tarawneh, Anas Wellman, Omar Mario, Fleming Campbell
Fotografía: Barry Ackroyd
Música: Marco Beltrami, Buck Sanders
Guión: Mark Boal
Dirección: Kathryn Bigelow


“El miedo tiene mala reputación, pero es inmerecida. El miedo pone las cosas en su sitio y lo aclara todo. El miedo nos obliga a darle importancia a lo relevante y a olvidarnos de lo trivial. Cuando el guionista Mark Boal volvió de Irak, donde estuvo destinado para escribir un reportaje sobre una brigada de élite, me estuvo hablando de los militares que desarticulan bombas en pleno combate, una compañía de élite con una tasa de mortalidad muy alta. Me quedé boquiabierta cuando me comentó que eran extremadamente vulnerables y utilizaban poco más que unos alicates para desactivar bombas con radios de potencia de 300 metros. Supe que había dado con un buen proyecto cuando me contó que estos hombres son voluntarios, se prestan a poner su vida en peligro y a menudo les gusta tanto su trabajo que no se imaginan haciendo ninguna otra cosa.”

Kathryn Bigelow



Alma hostil


Las palabras de Kathryn Bigelow, directora de la película (y responsable de títulos tan sugestivos e icónicos como “Días extraños”, “Le llaman Bhodi”, o “Los viajeros de la noche”), vienen a desvelar el auténtico interés que tiene en sus personajes, que no es otro que el de preguntarse (y no siempre responderse) acerca de sus motivaciones. Podemos hacernos una idea de lo que arrastra a una hombre cualquiera a jugarse la vida cada día, a miles de kilómetros de su casa, desactivando artefactos explosivos, cuando le vemos perdido, confuso, desorientado, ante una interminable columna de cajas de cereales, en un supermercado. Lo que viene a decirnos la buena de Kathryn -con su abigarrado estilo visual, poderosamente nervioso, falsamente documental-, es que en la maraña de aburridos sinsentidos que componen nuestra existencia, en una sociedad tan aletargada como la nuestra, que en su creencia de que vive, duerme, surge la imperiosa necesidad de riesgo para encontrar auténtica emoción y sentido. Se acusa a la ex de James Cameron (sí, amigos) de no posicionarse ideológicamente, de obviar su punto de vista sobre la invasión de Irak por parte de las tropas americanas. Pero creo que es una acusación interesada y absurda, si uno ve la película dejando de lado sus prejuicios políticos, ya que escenas como la del asalto de la casa donde supuestamente vive el niño “Beckham” (o la misma relación entre ellos), y la del terrorista suicida que no quiere serlo, dejan bien a las claras como ve nuestra directora favorita la situación de las tropas yanquis: intrusos, molestos, desubicados, inútiles (en el sentido de utilidad). Y eso, amigos, nos guste o no, es posicionarse. Puede que no sea la opinión beligerante que los gurús de la verdad única pretendían, pero es una posición tan legítima como cualquier otra. Y mucho más auténtica.

La película es, sobre todo, física. Espléndidamente fotografiada, compartimos sudor, saliva, sangre, arena, polvo, alcohol y lágrimas con una naturalidad apabullante, irrespirable. Tanto en la inmensidad del desierto (tremenda la secuencia del francotirador), como en la oscuridad sombría de las calles de Bagdad, en el aspecto puramente visual no cabe ponerle un pero: sentimos perfectamente el calor sofocante, la angustia y el peso de los uniformes, la sed y el agotamiento de los soldados en cada momento. Desde luego, Kathryn sabe manejar las claves de la puesta en escena y consigue que la tensión y el interés no decaigan en todo el metraje. Ahí es, a mi juicio, donde reside la fuerza del film, que funciona como película de acción al uso, como drama bélico (pero sin cargar las tintas), y como entretenimiento con las justas pretensiones como para no resultar intrascendente.

Aquí no hay psicología de enciclopedia kiosquera, o de libro de autoayuda, ni poses afectadas políticamente correctas (e inverosímiles), pero tampoco estamos ante otro ejercicio de estilo bélico maniqueo como el del amigo Ridley, en la horrenda “Black hawk derribado”. Allí, en una evidente deserción moral terroríficamente obviada por el público que después acude en masa a las manifestaciones anti-guerra, mientras los (pocos) marines morían entre flashbacks de sus familias, música de violines y cámara lenta, miles de negros Somalíes caían sin más como los vulgares e insignificantes zombis sin corazón de un videojuego… Aquí no. Aquí mueren personas corrientes abocadas a una situación desesperada y hostil. Pero con una diferencia fundamental, y es que la tierra hostil de la que habla el título no es únicamente la árida y seca del desierto, para los marines, sino también el paisaje moral que subyace de la mutilación de la esperanza, de la inocencia, de una sociedad Iraquí desmembrada por la guerra continua.
En éste Irak hiperrealista que se nos muestra, de basura en las calles vacías, de bombas entre escombros, de niños que juegan y ríen como los que torturaban alacranes en la fundacional “Grupo salvaje”, y de fantasmas de ciudadanos que graban las acciones militares en una liturgia cotidiana como la que aquí nos puede parecer el video casero de un cumpleaños… descubrimos que ya nadie conoce realmente el papel que juega. No llegamos a comprender del todo (en ningún bando) quién teme o quién apoya, quién encubre o quién huye, quién es víctima o quién verdugo. En éste sentido, es magnífica y reveladora la escena en la que un alto mando pregunta al artificiero interpretado por Renner, acerca de la cantidad de desactivaciones que ha llevado a cabo, y éste le resta importancia, como si le avergonzara. Y es que ninguno de ellos ve heroísmo en lo que hace. Y no lo ven, porque no lo hay. No hay la menor épica en su trabajo, la menor grandeza. Solo dolor y soledad. Pero es su dolor y es su soledad, y el miedo que provocan, el único asidero emocional que encuentran para vivir en un mundo que no se parece en nada a lo que les vendieron de pequeños. En un paisaje de contrastes morales donde nada es lo que parece, y no hay una sola línea que defina el bien del mal, el encuentro directo con el instinto perdido, más primitivo, de supervivencia, se convierte en la única verdad posible.


Siete años después de su última película -y tras un par de proyectos frustrados de dudosa calidad- Bigelow vuelve al ruedo cinéfilo con la fuerza perdida de sus primeros trabajos, aunque con un discurso indudablemente más maduro. Sin perder la pujanza expresiva de sus mejores obras (algo apagada en la fallida “El peso del agua”, o en la entretenida crónica submarina “K-19”), pero más cerca de esa promesa de grandeza que aventuraba su ya film de culto, la soberbia “Días extraños”, vemos esta estimable aportación al moderno cine bélico, más como la patada en la puerta de una de nuestras directoras más queridas a reclamar de una vez por todas su lugar en la industria, que como la gran película que podía haber sido. Pero eso no debería restar méritos a “En tierra hostil” para considerarla, por ahora, la mejor cinta sobre Irak realizada hasta la fecha (quizás con “Redacted” del gran De Palma), y una interesante (más profunda de lo pueda parecer a simple vista) aportación al género bélico en general. Con todos los respetos (o sin ninguno), y por ésta vez, la buena de Bigelow le ha dado sopas con honda al endiosado de su ex, y a su Disneyana e insípida “Avatar”…
Y bien qu
e nos alegramos.
Javi Cuevas

viernes, 27 de noviembre de 2009

El joven Murillo / Museo de Bellas Artes de Bilbao

http://www.museobilbao.com/exposiciones/el-joven-murillo-3

Murillo es este señor con pinta de Velázquez a quien yo tengo manía desde pequeñito porque un empalagoso cuadro de la Inmaculada: dornaba el aula donde yo hacía que estudiaba, enmarcado entre dos preciosos retratos de Franco y de José Antonio. Trauma infantil.

Armado de tan potente prejuicio me dirigí a la exposición un miércoles cualquiera (entrada gratis) con la intención de contrastar experiencias pretéritas. Dicen que Murillo es mucho más que un pintor de Inmaculadas y San Juanitos. A ver. Allá voy.

Y allí que me encuentro rodeado de personal y calibrando, desconfiadamente, las obras juveniles del insigne barroco sevillano nacido en 1617. No sé si se habrán dado ustedes cuenta de que los estilos artísticos decadentes florecen en tiempos de crisis... Esto del Siglo de Oro se está convirtiendo en una plaga pseudoculta que tiene a la gente muy contenta. Pero basta de prejuicios, vamos a limitarnos a mirar un poco, que es de lo que se trata.

Nos encontramos con Santa Catalina de Alejandría. Esta era una egipcia tan lista y enfadó tanto al emperador que éste la quiso obligar a casarse con un sabio. Parece buen apaño, pero Cata no quiso, porque iba para mártir y santa, y la hicieron pasar sobre ruedas pinchosas. Como los pinchos se rompían por magia divina, se zanjó el asunto cortándole la cabeza. Prueba conseguida: mártir y santa. Es la patrona de los barberos, carreteros, cordeleros, traperos, escolares y estudiantes, hilanderas, molineros, notarios, nodrizas, oradores, filósofos, fontaneros, alfareros, predicadores, afiladores, sastres, teólogos, torneros… y de las solteras. Se la puede rezar mediante la siguiente oración: “Santa Catalina, ayúdame. No me dejes morir soltera. Un marido, Santa Catalina, un buen marido, Santa Catalina, antes de que sea tarde”.

Y cuento todo esto porque a menos que te distraigas mediante diversiones históricas, la exposición se me hace aburrida. Pero prometo no seguir con el rollo y ceñirme a lo pintado. A ver qué más hay.

Pues están estos Desposorios místicos de Santa Catalina, que no me gustan nada, pero que explican el porqué del rechazo al matrimonio por parte de la egipcia: es que se había casado con Dios (en forma de niño, parece ser). Ah, vale, pues por eso. Déjanos ya tranquilos, Cata. Sigamos caminando a codazos y observemos los pingües detalles.

Esta virgen con niño tiene su cosa en las miradas, ¿noverdá?

Esta Sagrada Familia en el hogar del carpintero me resulta simpática por su simplismo y sus fondos planos, un poco a lo Vázquez Diaz.

Aquí está San Agustín lavando los pies a Cristo. Lo curioso de este cuadro monumental son las palabras que surgen de la boca de Cristo. Están como en un espejo. Mira que habla raro la divinidad. ¿Se distingue?

Estos muchachos comiendo melón y uvas parece que los haya pintado el Velázquez. ¿A que sí?

Hay unos cuantos cuadros de santos en éxtasis. Son muy instructivos para los que no sabemos muy bien lo que es un éxtasis. Aquí el tal Diego nos hace una demo delante de una cruz. Sus compañeros están que flipan con el hombre porque vaya usted a saber cuánto tiempo lleva en la misma postura y con idéntico careto.

También está linda la cara de San Francisco mientras le conforta un ángel músico, pero no he encontrado el cuadro para enseñar.

José Putifar:

Anunciation

Acabemos con José tentado por la mujer de Putifar (que era un pendón y le echó la culpa al José, cuitadiño, consiguiendo que lo encarcelaran). Comparemos con las obras (no incluidas en la expo) del mismo tema de…

un tal Tintoretto:

un tal Guercino:

Archivo:Guercino Gius moglie Putif..jpg

un tal Rembrandt (chivándose la muy pelandusca):

un tal Reni:

Se observa en todo esto la típica tendencia de los artistas católicos hacia los temas truculentos, supongo que como excusa para mostrar un poco de teta y movimiento. Y basta ya de putiferios. Resumiendo, si uno no se divierte es porque no quiere. Incluso en bostezantes exposiciones de inmortales artistas del Siglo de Oro. Finalizo comentando que es muy probable (y saludable) que usted no esté de acuerdo conmigo. Incluso que me coja manía por las tonterías que digo. La manía es libre. Sobre gustos no hay nada escrito (vaya mentira). Enhorabuena y hasta la próxima.

Alberto Arzua